Las explicaciones y justificaciones de los neo caciques de aquella comunidad se fundaban en el derecho constitucional que decían tener y que les garantizaba el derecho a juzgar las diferentes infracciones y delitos de los miembros de aquella tácita tribu, sobre la base de sus ancestrales leyes y tradiciones. El individuo fue torturado con los típicos baños en agua fría, algunos que otros latigazos y las calurosas como picantes fricciones con ortiga; y posteriormente, puesto en libertad, pero, bajo la mirada inquisitiva de la comunidad. Uno de los líderes que justificaba los evidentes actos de tortura brutal, y la posterior impunidad, toscamente racionalizaba la fatua decisión, diciendo que era preferible tener al confeso asesino en la casa cuidando a sus hijos, que recluido en una cárcel de “mestizos”.
Aquella actitud de los neo caciques ecuatorianos, plagada de cretinismo, amoralidad y perversión, me hizo recordar una anécdota interesante. Aunque hoy, recuerdo la historia con algo de hilaridad, en aquel momento cuando las papas empezaron a quemarse, no fue, precisamente, muy edificante. Todavía, en ocasiones, reflexionó con seriedad, agradeciendo que aquellos malos entendidos no terminaran degenerando en consecuencias desgraciadas tanto para mis colegas aventureros, como para mí mismo.
Debo denunciar que uno de mis hermanos es un apasionado contumaz de las caminatas ecológicas. Es debido a su locura por compartir el ejercicio con la contemplación de la belleza de la naturaleza que en varias oportunidades, no pocas, amigos y parientes nos lanzamos a descubrir lo que ya había sido descubierto pero, muchas veces, oculto para las miradas indolentes de los comunes y corrientes.
Es así que, un viernes en la noche hace ya más de ocho años, proveniente de la Capital llegó mi hermano a la muy variopinta ciudad de Ibarra. No recuerdo exactamente, pero, deben haber sido las 11 de la noche, cuando ingresaba su camioneta a nuestra casa, para entonces, Yo, estaba descansando plácidamente en mi modesta habitación, probablemente desvariando en uno y mil pensamientos. Desde la puerta me gritó algo más o menos así: “¡Prepárate salimos a los cuatro de la mañana!” *Estás loco*, le respondí. “Nada que ver, ya estás advertido”, sonó como orden militar. Mientras mi hermano se retiraba a sus aposentos, aquellos pensamientos que había estado desintegrando hasta su esencia misma, se perdieron desechados por el dilema que se me había planteado segundos antes: “Ir a la caminata o no ir”.
No sé si había logrado conciliar el sueño profundo, o me encontraba medio dormido o medio despierto, lo cierto es que de pronto un griterío empezó a tronar en la casa: “¡Ya despiértate, ya es hora vamos!” Algo aturdido por las circunstancias, me desperté cuestionando que diablos pasaba, al identificar la voz de mi hermano, recordé todos los antecedentes. *¡Deja de gritar, vas a despertar a los vecinos!*, le dije más que nada por el desagrado de haber sido llevado a la realidad tan abruptamente. Horas atrás, había decidido que no acompañaría en esa ocasión a los intrépidos aventureros. *Estás loco son las cuatro de la mañana, todavía está oscuro*, le dije. “Nada que ver ¡levántate!”, me insistió. *Si quieres vamos a las seis*, le dije. “Nada, levántate”, insistió. *¡No me voy!*, le respondí y entonces guardé silencio a pesar de las insistencias reiteradas de mi hermano. Quince minutos después salió de la casa en medio del frío de la madrugada.
Debo confesar que desde aquel minuto, no volví a conciliar el sueño. Si bien estaba consciente que un par de amigos acompañarían las andanzas de mi hermano, sin embargo saber que nadie de la casa lo acolitaba, me generaba cierta preocupación.
Mentalmente me puse a revisar la ruta que los expedicionarios tomarían. Primero bajar hasta el Valle del Chota en carro, luego desde la desviación a Ambuquí, la tierra de los ovos, a lomo de culebra, recorrer un trecho de tres a cuatro kilómetros por el filo de un riachuelo, hasta encontrar un macizo montañoso. Luego la parte más difícil y agotadora, trepar y trepar las escarpadas, arenosas y rocosas laderas. Una vez vencido aquel obstáculo natural, transitar un tramo de digamos cuatro kilómetros hasta llegar a una pequeña escuela. Girar a la derecha por un camino de mulas y emprender tácitamente el regreso. Caminos empinados, lodazales si era época de lluvias, senderos agrestes cortados en la roca y plagados de piedras, chaquiñanes, subidas y bajadas agotadoras. Hasta que finalmente luego de demasiadas penurias se lograba desde la cima de una loma prominente divisar parte de la ciudad de Ibarra. El resto del camino, era pura bajada en zig zag, aunque había que tener cuidado por las laderas y pendientes, además de los importunos tropezones. Si bien, el último trayecto era relativamente fácil, había que considerar que para entonces las fuerzas estaban casi agotadas y los espasmos nerviosos o musculares eran bastante comunes. *Una trayecto bastante duro*, me dije interiormente. Imaginando que todo saldría bien para mis colegas en otras caminatas, intenté dejar de pensar en aquello, sin mayor éxito.
Me levanté a las siete de la mañana. El aspecto mojado del patio denunciaba que había garuado levemente en la madrugada. Para entonces había tomado una nueva decisión, conocedor del paso cansino de mis amigos, y de la serie de escalas que solían hacer, imaginaba que si salía en ese momento podía alcanzarles en la escuela. Intenté motivarme diciéndome que solo me llevaban una hora de ventaja. Si salía inmediatamente. Agarré por ahí una mochila cargué algo de líquido, si mal no me acuerdo una botella de fanta de dos litros. Ingenuo de mí, si tan solo hubiese recordado otras experiencias, habría suministrado un par de botellas de agua mineral a las existencias de la mochila; pero no, la necesidad de salir me estimulaba a actuar rápidamente sin detenerme a considerar aquel aspecto fundamental, quizá porque me imaginaba que los alcanzaría más temprano que tarde, y que ya me convidarían de sus disponibilidades liquidas.
Llegué al partidero de Ambuquí a las nueve, quizá un cuarto antes; para entonces el aspecto parcialmente cubierto del cielo había desaparecido y un sol abundante saludaba aquel paisaje tan propio de aquel pedacito de Africa asentado en la serranía ecuatoriana. Intenté trotar hasta el pueblo de Ambuquí, pero la botella en mi espalda golpeaba sin misericordia de manera que opté por caminar lo más rápido que podía, estimulándome mentalmente imaginando la sorpresa de mis amigos al verme llegar a sus espaldas.
Crucé sin novedad el pequeño pueblo, limitándome a seguir el camino principal que inevitablemente me conduciría al lecho de un río plagado de piedrecillas, que en épocas de verano era recorrido por un insignificante pero pertinaz riachuelo.
La celeridad de mi paso inicial, dejó lugar a un andar más bien moderado. Luego de cruzar unas acacias y de enterrarme los zapatos en un sector del camino bastante polvoso, frente a mí, se mostraba un portentoso coloso de piedras, arena, ripio y tierra, adornado por espinos resecos y demás plantas autóctonas que se habían adaptado a la frugalidad de ese medio agreste. Un tanto decepcionado por la magna tarea empecé a subir.
La razón principal por la que mi hermano había decidido madrugar, era que, a lo adicionalmente difícil que significaba trepar aquel macizo, si te alcanzaba el sol de las diez de la mañana, el asunto se volvía color de hormiga. Prácticamente te fulminaba. Ahí estaba yo, iniciando el ascenso, cerca de las nueve y media, con un sol que empezaba a golpear con sus inmisericordes rayos.

Una de las particularidades que tiene aquella montaña es su forma natural en forma de escalones, la altura de estos va reduciéndose en la medida en que se sube, pero en cambio, la gradiente se va haciendo más pronunciada. La calidad rocosa y arenosa de la contextura tampoco hacía fácil la ascensión, además que vientos fuertes amenazaban con hacer perder el equilibrio y lanzar al ingenuo peregrino hasta algún precipicio.
Poco a poco lastimosamente, resbalando y trastabillando en ocasiones, empecé a cubrir el trecho que me separaba de la cumbre. Cuando al final, a escasos metros por llegar a ésta, mi ánimo creció imaginando que el martirio llegaba a su final, llegado a la cumbre la pesadumbre me invadió al observar que un nuevo macizo debía ser conquistado. *¡Qué relajo hijueperra!*, gritaba internamente y a toda voz. No recuerdo cuántas veces sufrí aquel juego sucio de las circunstancias, de la soledad, el cansancio y el calor. Parecía que aquella mole no terminaba nunca. Pero, sin una sola gota de fanta en la botella, finalmente, luego de culminar la última “cumbre”, se dibujó ante mis ojos una planicie ligeramente inclinada. Había que seguir ascendiendo pero, el ángulo no era demasiado pronunciado.
Un viento frío chocaba contra mis mejillas. El sol seguía quemando pero con algo aquel viento, atenuaba su efecto. Lentamente crucé por entre unos cultivos de maíz; por la condición escuálida de las plantas se notaba que aquella zona carecía de agua de regadío y solamente dependían del agua de lluvia para su éxito.
Unos momentos después llegaba hasta un camino de arrieros relativamente plano. A mis espaldas el Valle del Chota, se expandía generosamente; frente a mí, hasta donde mi visión alcanzaba una monumental cordillera se extendía como un fortín protector e inexpugnable. Hacia esa dirección me dirigí.

Es increíble como las fuerzas se multiplican cuando tu estado emocional se eleva. Estaba casi seguro que encontraría a mis amigos descansando en la escuela, punto central de aquel pequeño montón de casitas vetustas que alguna vez había conocido. Apuré el paso, creo que hasta intenté trotar, desistiendo al momento de aquella opción. De repente una imagen empezó a estructurarse a lo largo del serpenteante camino, una especie de centauro que venía a todo galope a mi encuentro. Claro que los centauros son criaturas mitológicas, generalmente caracterizados por la sabiduría y heroicidad de sus acciones y decisiones.
No, ni era centauro y menos pertenecía a una especie tradicionalmente sabia y heroica. Era un simple jinete nativo que abruptamente trotaba con su modesto corcel. Por protección me hice a un lado para que el animal y su caballo pasaran libremente. Sin embargo a unos escasos tres metros el jinete redujo la velocidad y deteniéndose frente a mí, dijo algo así: “¡Buinos deas!”
Son casi ocho o diez años de transcurridos aquellos sucesos de manera que intentaré ser lo más exacto en relatar la conversación que tuve con aquel nativo andino. *Buenos días*, le respondí. “Vuste que viene hacer por ake”, me preguntó de golpe. Me sorprendió la crudeza e impertinencia de la pregunta, pero, imaginando que no había malicia en aquellas palabras respondí tranquilamente algo más o menos así: *Vine a hacer un poco de ejercicio, además estoy buscando a un grupo de amigos que se adelantaron*. El tipo sonrió con un gesto raro que en ese momento me pareció solo tonto. “Haci cuanta pasarun” hizo una pausa, como pensando que decir, y entonces, luego de mencionarme una serie de señas físicas de mis amigos y recibir una afirmación de mi parte; esbozando una sonrisa cretina, me dijo: “¡ya mesmo les iban a lenchar!”. *¡Linchar!*, dije, estupefacto.
Sin poder creer lo que había escuchado pero consciente de la certeza de aquella posibilidad, le pregunté dónde estaba mi hermano y sus acompañantes, luego de contarme sin detalles que finalmente habían seguido su camino, espontáneamente se ofreció a acompañarme para que no tuviera problemas con la turba. Luego me di cuenta que en realidad estaba siendo vigilado y escoltado hasta las afueras de aquel recinto.
Mientras caminábamos por aquel sendero, el nativo, y Yo, empezamos a conversar acerca del desagradable y grosero malentendido. Poco a poco el tipo empezó a sincerarse, supongo convencido de la estupidez del proceder de aquellos que se habían escandalizado brutalmente en contra de un grupo de desconocidos que simplemente estaban cruzando por aquel lugar, sitio público por cierto, entretenidos en sus legítimos intereses.
De alguna manera se disculpó diciendo que aquella gente vivía en un estado de paranoia, usando sus palabras; principalmente, debido a los continuos robos de ganado que sufrían por parte de cuatreros que periódicamente los visitaban. Justificaba su proceder, exponiendo como argumento de aquella reacción estúpida, perversa y sádica, sugerencias de la misma policía que les había recomendado eliminar, torturar, linchar y quemar a cualquier cuatrero o ladrón que capturasen, en lugar de entregarlos a la justicia de los “mestizos”.
A medida que nos acercábamos a la dichosa escuela, suerte de cuatro paredes mal pintadas, intenté explicarle al inevitable e improvisado pesquisa lo irracional de la conducta de la chusma, exponiéndole precisamente el caso de mis colegas viajeros que injustamente habían sido confundidos con abigeos. Me respondió que efectivamente él había sido uno de los que habían evitado que el barullo llegara a niveles descontrolados. Difícil de creer considerando la condición propia de esos pobres infelices y la “buena” reputación que tiene la chusma al momento de impartir justicia.
Casi a punto de llegar al pequeño caserío, empecé a divagar en potenciales riesgos contra mi integridad. ¡Rayos!, me encontraba solo, en una tierra desconocida, en medio de un montón de gaznápiros cretinos que actuaban exclusivamente basados en prejuicios, a quienes la propia disque autoridad les había sugerido recurrir a la venganza brutal y sádica como una forma de justicia. En tales circunstancias, debo reconocer que me puse algo nervioso.
Ni bien llegamos un par de nativos se acercaron; me dirigí a ellos y cordialmente los saludé. Cruzamos algunas palabras. No escatimaron en risas al mencionar la situación embarazosa en que habían colocado a mis amigos y luego se retiraron. A pesar de encontrarme cansado los deseos por retirarme de aquel lugar lo más pronto posible pudieron más. Me despedí del aprendiz de cowboy tercermundista y sin regresar a mirar apuré el paso por una carretera desvencijada que cortaba por aquellas lomas que se entremezclaban unas con otras.
No voy a extenderme en comentar lo desagradable que resultó el resto del camino. Cuestas, declives, chaquiñanes, laderas resbalosas, senderos plagados de guijarros; pero, por sobretodo la incertidumbre de encontrar lo más pronto posible a mi hermano. Finalmente, luego de dos horas llegué a la cima de una montaña desde donde podía divisar Ibarra a lo lejos, en la base de esta resplandecía con el sol de la tarde la Laguna de Yahuarcocha. Supongo que debían ser las cuatro de la tarde para entonces.
Siempre siguiendo la ruta convencional, empecé a bajar lo más pronto que podía aquella enorme loma. Puede ser que el ascenso requiera más esfuerzo físico, pero el descenso tampoco es una perita dulce. Lo empinado del camino te obliga a caminar con cuidado, frenando a cada momento con tus pies so pena de probar la ley de la gravedad en carne propia. Lo cierto es que empecé a desplazarme tan rápido como la sensatez recomendaba. Quizá 15 minutos después, desde una saliente pude detectar, algo así como diez metros más abajo, las figuras humanas de mi hermano y sus acompañantes, moviéndose cansinamente.
¡Qué cosas no! Desde entonces, mi hermano nunca ha vuelto a incursionar en una nueva caminata. Los colegas expedicionarios no están dispuestos a asumir aquellos riesgos, ni nosotros tampoco.
Por ahí, excepcionalmente he deambulado por las montañas que circundan a la ciudad, en especial en la zona de Yahuarcocha y la Loma de Guayabillas. Con decepción, se observa que las montañas otrora pulmones naturales, poco a poco son parceladas por individuos, provenientes de quién sabe dónde, menos de Ibarra; gente que ha llegado a “colonizar” aquellos lugares en otras épocas casi vírgenes. Bosques talados, cerramientos con alambre de púas y mallas, pistas de motocross; depredación a lo bestia es la constante en la mayoría de las montañas y mesetas que rodean a la ciudad.
Increíblemente, los indígenas amantes del Sumak Kawsay, expresión que posiblemente define las grandes borracheras que suelen mandarse en las fiestas del Inty Raymi, donde el guarapo más nauseabundo fluye a lo bestia, ahora, tienen un fundamento constitucional que les garantiza torturar, masacrar y ejercer la estúpida y brutal justicia aborigen, siempre con el riesgo de agarrar a un inocente, que tuvo la desgracia de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
En fin, cosas de mi tierra, tristemente, cosas de mi tierra.

