
Cómodamente acostado en la litera, miraba con atención, frente a mí, a Shreck, finalmente armándose de valor y declarando sus sentimientos afectivos para con la otrora esbelta y sensual Fiona, en aquel momento, convertida en una maciza y corpulenta Ogra. Momentos después la voz de Eddy Murphie en la gruesa y trompuda befa del noble corcel “Burro” sonaba a volumen moderado. Sin embargo de improviso, un pequeño llamado de atención silbó en mi conciencia. “No les des motivos a estos malnacidos”, “en un futuro puedes necesitar el dichoso papelucho”, “tienes una obligación contigo mismo, cúmplela”. A regañadientes le hice caso a mi conciencia, y me levanté; observé, el reloj que se encontraba encima de mi escritorio y, noté que eran casi las 4:30 de la tarde. Revisé si había algo interesante en la televisión y al comprobar que no había ninguna opción válida que justificara mi permanencia en la casa salí rumbo al edificio electoral.
A mi paso se abrían riachuelos de gente, era obvio que la mayoría ya había votado en horas de la mañana. Crucé el parque, vistosamente regado de hojas, mismas que debido al sol canicular de aquellos días habían terminado sofocándose cayendo grácilmente sobre la mayoría de los adoquines de variopintos colores.
Caminando tranquilamente, debo haberme demorado alrededor de quince minutos, finalmente llegué al colegio que fungía como recinto electoral. Ingrese al patio y empecé a buscar la junta donde debía dejar en claro mi opinión. Luego de realizar un breve análisis de donde podría estar la mesa donde debía sufragar, me encaminé al segundo piso. A lo largo de un extenso corredor se encontraban apretujados una serie de pupitres, ocupados por los miembros de las respectivas mesas electorales. Recorrí quizá unos seis metros y ahí estaba finalmente el lugar requerido. Me identifique e inmediatamente un muchacho me extendió las seis papeletas y me señaló un cartón viejo, a no menos de cuarenta centímetros del lugar donde nos encontrábamos, que servía como improvisada mesa y que se encontraba prácticamente adosada a los balaustres metálicos de aquel corredor.
*Dónde me siento*, le dije, al observar que la silla destartalada se encontraba ocupada por otra persona que en ese momento estaba votando; "ahí acomódese como pueda", me dijo señalando el cartón viejo, lo tomé con sentido del humor; recordé lo que fui a hacer, la sugestión de mi conciencia y entonces, le dije con dejo de ligero fastidio: *aquí no más*. Entonces, coloqué las papeletas en la tapa del pupitre donde el chico se encontraba y empecé a rasgar generosamente con el esferográfico que me habían proporcionado, todas y cada una de las columnas y rectángulos, además de los rostros mojigatos de los patrioteros dibujados en aquellos delgados papeles; ahí mismo frente a todos los miembros de la mesa. *Esta es la única opción válida y honrada para rechazar a la puerca partidocracia*, les dije, mientras blandía mi singular espada contra los rostros fatuos de aquellos politicastros. Como me mataba de la risa, interiormente, escuchando expresiones, como “veeesshhhhh”, expresiones ciertamente de inocente sorpresa en algunos, rostros de desencanto en otros, y alguno que otro de enojo y quién sabe, talvez de odio en algún criado de la partidocracia. Firmé, recibí la dichosa credencial y me retiré satisfecho de haber cumplido como ciudadano.
El resultado final me importaba un comino: era obvio que, triunfase quien triunfase, la Partidocracia purulenta había colocado a uno de sus bastardos nuevamente en el poder. Pero, los payasos y los dueños de este circo grotesco y siniestro, tampoco en estas elecciones habían podido conmigo. Una vez más mi voto había sido Justiciero. No importaba que las nuevas Mamas Luchas, continuaran tragando en el IESS; no importaba que el mudo Correa con sus patiños y chauvines siguieran haciendo de las suyas; la posibilidad real de que los delincuentes, serviles y testaferros de la partidocracia saturasen la nueva asamblea resultaba intrascendente; carecía de valor que Gustavo Larrea, continuara engordando gracias a los opíparos banquetes pagados con el dinero de nuestros impuestos. Qué carajos importaba que la torpe y servil chusma hubiera seguido confiando en los Gutiérrez, Noboa, Bucaram y Correa.
No, lo que realmente importaba era que, Yo, había rechazado a la sucia y repugnante partidocracia.
*Misión cumplida*, me dije mientras una sonrisa de satisfacción se dibujaba en mi rostro y entonces, me volví a mi casa con el ánimo elevado y mi conciencia tranquila.

