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jueves, 25 de junio de 2009

Jaime Garzón y la Justiciera Sátira Política.

El otro día conversaba con un buen amigo acerca de la porquería de programas de humor político disque sátiro que existen en este nuestro Ecuador. Mi amigo cabreado me decía que estaba harto de ver la manera amistosa, gentil y bonachona en que los politiqueros ecuatorianos eran tratados por los criados de Fredy Ehlers, en su “No-noticias”, y el guacharnaco Davis Reinoso con sus polichinelas de “Vivos”.
Molesto, mencionaba que aquellas comedias cobardes, mediocres y lambisconas en lugar de generar controversia, denuncia, protesta y reprobación en la sociedad, más bien conseguía crear en la mentalidad del televidente cierta simpatía a favor del político pillo que era objeto del repetitivo y aburrido sainete.
Justificaba su opinión poniendo como evidencia la aceptación y tolerancia que los politiqueros demostraban con las payasadas en las que eran promocionados. Tenía razón, muchos badulaques de la partidocracia han aparecido muy felices con el criado de Ehlers que funge de payaso principal de aquel programa de comedia vulgar. Lo mismo se aplica al bergante Reinoso. Sobre este tipo precisamente comentábamos que las vaciladas a Febres Cordero eran más bien muestras de sumisión al Gran Patroncito.
Una y otra vez me decía que la verdadera sátira, es aquella que estaba dirigida a presentar a los “angelitos honrados” como los bufoncillos disolutos que realmente son, y debía ser cruda, directa, hiriente, creativa, ingeniosa y furibundamente mordaz.
¡Qué cosas no!, mientras hay gente, probablemente asqueada de tanta hez criminal que trasciende en este mundo, unos pocos, que deciden actuar temerariamente en contra de los patriotas y estadistas que se roban el futuro de una sociedad apática e ignorantona; hay otros, demasiados, que etiquetados de artistas, actores e histriones conspiran con las mafias politiqueras suavizando los delitos de los patrones y sus testaferros; que mejor que a través de la comedia tonta, vulgar, mojigata e hipócrita; de esa que tanto gusta a las masas.
Escuchar acerca de las infamias terribles que se cometen en Colombia, ciertamente que generan un sentimiento de solidaridad con las víctimas, una tristeza decepcionante por el dolor de aquellas inocentes víctimas del terrorismo, conocer de los campesinos torturados por aquellos criminales que decían luchar por ellos; o por esos que, jactándose de representar el orden legal y establecido, los masacraban en lugar de protegerlos. Pero, cuando te enteras que un hombre honrado, valiente, inteligente, talentoso y, sin duda temerario, había terminado siendo una víctima más del cobarde terrorismo; pues al malestar, el rechazo, la tristeza y la decepción, se une la indignación.
Tristemente, apenas me enteré de la existencia histórica de Jaime Garzón, valiente periodista colombiano, por un titular de prensa en el que se relataba y denunciaba su cobarde y ruin asesinato. La nota señalaba que Jaime era un periodista, pero principalmente un comediante que gustaba de la sátira política. Nada más. Pero no había necesidad de más. Alguien alguna vez me dijo que si algo debíamos aprender, era a leer entre líneas las historias que nos contaban los dueños de la verdad, interpretar las noticias y las informaciones que recibíamos dependiendo de quienes eran los actores y quienes nos narraban el cuento. Si bien no podíamos concluir verdades, por lo menos conseguiríamos cierta ideas razonables sobre como verdaderamente podrían ser la cosas. Desde ahí, era nuestra responsabilidad llegar a la verdad, investigando y analizando, rechazando la basura y aceptando la evidencia.
“Tienes que hacer lo que tienes que hacer”, es una frase que parecería un tanto tonta, redundante, pero que en su énfasis nos revela una necesidad que no podemos pasarla por alto; inclusive alguna vez la escuché en una serie de caricaturas aunque con diferente connotación, muy creativa y jocosa por cierto. Pues bien, desde hace algún tiempo quería mencionar el ejemplo de Jaime Garzón. Hoy que estamos discutiendo acerca de la libertad de expresión y la libertad de prensa, el nombre y la figura de Jaime Garzón aparece brillante, diáfano y honorable; un verdadero Ícono del periodismo valiente, frontal, irreverente y honesto. Jaime se enfrentó con lo peor de la escoria humana y lo hizo por principios, quizá pensó en un acto de ingenuidad que su inmolación sería el sacrificio final que acabaría de una vez con la actitud indolente, torpe y mezquina de la sociedad colombiana. Quizá. Aunque aquella candidez, si existió, no limitó para nada, su calidad de hombre talentoso, honrado, amistoso, valiente y risueño. Sin embargo, las sociedades gustan de "homenajear" a aquellos que cayeron por sus burdas e inmorales indolencias con manifestaciones de barata gazmoñería, civismo burdo y degenerado, o simplemente con el insensible olvido.
En fin, talvez no deberíamos ser tan duros con los “corneres y fidedignos elhers”; después de todo los muertos de hambre esos, solamente están ganándose la vida, miserablemente, pero ganándose la vida al final. Además alguien tiene que hacer el trabajo sucio; alguien tiene que sembrar el excremento para que los testaferros finalmente recolecten la cosecha y la vayan llevando a la mesa de sus nefandos y terribles patrones.