jueves, 10 de septiembre de 2009
"¡Con ése, no, porque solo me profetiza males!"
Voy, en este post, a relatar y comentar, una de mis historias bíblicas favoritas; la misma que se encuentra ubicada en el Antiguo Testamento, 1era de Reyes, capítulo 22, para quienes deseen conocer la historia con nombres y detalles.
Resulta que había un Rey en la nación de Israel, (estamos hablando de años y años antes de Cristo, de eso puede dar fe, Don Alfonso Espinoza de los Monteros) que se caracterizaba no precisamente por sus juicios justos, sino por todo lo contrario. Pues bien, este corrupto y astuto caudillo decide iniciar una empresa bélica contra los sirios, a efectos de recuperar ciertos territorios que consideraba, pertenecían a la nación israelita y estaban abusivamente ocupados por Siria.
Con el objeto de garantizar la victoria, el Rey de Israel, decide invitar al Rey de Judá, para unir fuerzas, y entre ambos ejércitos recuperar exitosamente aquellos territorios.
En aquellas épocas el sistema de gobierno que reinaba en esos pueblos, era una monarquía hereditaria primitiva, pero influenciada por una religiosidad, manifestada en la práctica por un séquito de sacerdotes, cuya opinión era muy respetada, sobre todo por el pueblo; es debido a eso que, los reyes buscaban permanentemente el favor popular a través de los buenos oficios de la clase sacerdotal, principalmente cuando de ir a la guerra se trataba.
Pues bien, el Rey de Judá, asiste a la invitación del Rey de Israel, y le dice que está de acuerdo con emprender aquella cruzada bélica; pero, que desea escuchar las opiniones de todos los profetas de Israel para saber si contarán con la ayuda divina, antes de tomar cualquier decisión definitiva.
Más que a revelar alguna profecía divina, todos los profetas asisten raudos a cumplir las órdenes del temible y autoritario Rey, so pena de perder sus cabezas en algún arranque de furia de aquel soberano belicoso. Frente a ambos reyes, los sacerdotes, al unísono, empiezan a lanzar gritos a favor de la campaña militar, ni uno solo deja de prorrumpir en alaridos dirigidos a ensalzar el supuesto futuro triunfo.
Sin embargo, el Rey de Judá, posiblemente alertado, le insiste al Rey de Israel, diciéndole: “¿acaso no existe algún otro profeta a quién preguntarle si la victoria será la lógica consecuencia de guerrear contra los sirios?”.
El Rey de Israel refunfuñando, le dice: “Sí hay, aún, un profeta a quien preguntarle, pero a ese no le confío nada, porque siempre me profetiza mal”.
El Rey de Judá le insiste y entonces el Rey de Israel, ordena a sus lacayos que inmediatamente traigan al profeta Micaías.
Luego de algunos momentos llega Micaías, a quien los esbirros del Rey de Israel le habían advertido que se limitara a cumplir las órdenes del terrible Monarca.
Entonces el Rey de Israel le pregunta: “¿Debemos subir contra los sirios, nos será propicia la batalla?”
Micaías, posiblemente en tono irónico, quizá burlesco, le responde: “¡suban no más y guerreen, que los sirios caerán bajo sus lanzas!”
El Rey de Israel, entiende el sarcasmo y le exige que le diga la verdad.
Entonces Micaías le responde que: “será una derrota humillante para Israel, y tú mismo caerás en la batalla”.
“Te das cuenta”, emocionado y molesto, el Rey de Israel, se regresa a decirle al rey de Judá, “este siempre me profetiza males”.
Indignado, el Rey de Israel ordena encarcelar a Micaías, dejando su decisión final para cuando vuelva de combatir a los sirios.
No voy a extenderme en el relato porque el punto a donde quería llegar ya lo he narrado; sin embargo, baste decir que las palabras de Micaías, finalmente se cumplieron.
Esta historia me encanta. “Siempre me profetiza males”, las quejas del Rey corrupto me causan gracia. Mientras el profeta Micaías, el único profeta valiente que se atrevía a decir la verdad, simplemente era consecuente con su función de profeta y revelaba lo que le constaba, los demás alcahuetes y cobardes, se limitaban a cumplir servilmente las órdenes del corrupto monarca. Para el bribón reyezuelo decirle la Verdad, era profetizarle solamente maldades.
Y es que, así como hay gente que respeta, adora y ama la Verdad; así también hay otros, muchísimos, que le temen, la aborrecen, intentan ignorarla, la tergiversan, tanto la odian que llegan a definirla como: “males”. Si pudieran, la desaparecerían, pero no pueden.
La frase: “porque solo me profetiza males” fácilmente se la podría interpretar como: “con aquel, no, porque es un hombre honesto y valiente que terminará denunciando toda mi incompetencia y corrupción”.
La historia del profeta Micaías y su encuentro con el Rey es tan edificante, de veras sublime. Ahí está, Micaías, solo, en medio de gente hostil, con sacerdotes incondicionales al Rey que seguramente le insultaban y agredían; con huestes de asesinos que lo miraban fieramente; frente a un Rey famoso y temible por sus crímenes y por la impunidad de la que gozaba entre los hombres; y sin embargo, frente al Tirano y sus secuaces ignominiosos, no tuvo problema en decir la Verdad.
¡Qué calidad la de Micaías! ¡Hombre valiente, sincero y virtuoso! ¡Un verdadero Soldado de Dios!
jueves, 25 de junio de 2009
Jaime Garzón y la Justiciera Sátira Política.
El otro día conversaba con un buen amigo acerca de la porquería de programas de humor político disque sátiro que existen en este nuestro Ecuador. Mi amigo cabreado me decía que estaba harto de ver la manera amistosa, gentil y bonachona en que los politiqueros ecuatorianos eran tratados por los criados de Fredy Ehlers, en su “No-noticias”, y el guacharnaco Davis Reinoso con sus polichinelas de “Vivos”.
Molesto, mencionaba que aquellas comedias cobardes, mediocres y lambisconas en lugar de generar controversia, denuncia, protesta y reprobación en la sociedad, más bien conseguía crear en la mentalidad del televidente cierta simpatía a favor del político pillo que era objeto del repetitivo y aburrido sainete.
Justificaba su opinión poniendo como evidencia la aceptación y tolerancia que los politiqueros demostraban con las payasadas en las que eran promocionados. Tenía razón, muchos badulaques de la partidocracia han aparecido muy felices con el criado de Ehlers que funge de payaso principal de aquel programa de comedia vulgar. Lo mismo se aplica al bergante Reinoso. Sobre este tipo precisamente comentábamos que las vaciladas a Febres Cordero eran más bien muestras de sumisión al Gran Patroncito.
Una y otra vez me decía que la verdadera sátira, es aquella que estaba dirigida a presentar a los “angelitos honrados” como los bufoncillos disolutos que realmente son, y debía ser cruda, directa, hiriente, creativa, ingeniosa y furibundamente mordaz.
¡Qué cosas no!, mientras hay gente, probablemente asqueada de tanta hez criminal que trasciende en este mundo, unos pocos, que deciden actuar temerariamente en contra de los patriotas y estadistas que se roban el futuro de una sociedad apática e ignorantona; hay otros, demasiados, que etiquetados de artistas, actores e histriones conspiran con las mafias politiqueras suavizando los delitos de los patrones y sus testaferros; que mejor que a través de la comedia tonta, vulgar, mojigata e hipócrita; de esa que tanto gusta a las masas.
Escuchar acerca de las infamias terribles que se cometen en Colombia, ciertamente que generan un sentimiento de solidaridad con las víctimas, una tristeza decepcionante por el dolor de aquellas inocentes víctimas del terrorismo, conocer de los campesinos torturados por aquellos criminales que decían luchar por ellos; o por esos que, jactándose de representar el orden legal y establecido, los masacraban en lugar de protegerlos. Pero, cuando te enteras que un hombre honrado, valiente, inteligente, talentoso y, sin duda temerario, había terminado siendo una víctima más del cobarde terrorismo; pues al malestar, el rechazo, la tristeza y la decepción, se une la indignación.
Tristemente, apenas me enteré de la existencia histórica de Jaime Garzón, valiente periodista colombiano, por un titular de prensa en el que se relataba y denunciaba su cobarde y ruin asesinato. La nota señalaba que Jaime era un periodista, pero principalmente un comediante que gustaba de la sátira política. Nada más. Pero no había necesidad de más. Alguien alguna vez me dijo que si algo debíamos aprender, era a leer entre líneas las historias que nos contaban los dueños de la verdad, interpretar las noticias y las informaciones que recibíamos dependiendo de quienes eran los actores y quienes nos narraban el cuento. Si bien no podíamos concluir verdades, por lo menos conseguiríamos cierta ideas razonables sobre como verdaderamente podrían ser la cosas. Desde ahí, era nuestra responsabilidad llegar a la verdad, investigando y analizando, rechazando la basura y aceptando la evidencia.
“Tienes que hacer lo que tienes que hacer”, es una frase que parecería un tanto tonta, redundante, pero que en su énfasis nos revela una necesidad que no podemos pasarla por alto; inclusive alguna vez la escuché en una serie de caricaturas aunque con diferente connotación, muy creativa y jocosa por cierto. Pues bien, desde hace algún tiempo quería mencionar el ejemplo de Jaime Garzón. Hoy que estamos discutiendo acerca de la libertad de expresión y la libertad de prensa, el nombre y la figura de Jaime Garzón aparece brillante, diáfano y honorable; un verdadero Ícono del periodismo valiente, frontal, irreverente y honesto. Jaime se enfrentó con lo peor de la escoria humana y lo hizo por principios, quizá pensó en un acto de ingenuidad que su inmolación sería el sacrificio final que acabaría de una vez con la actitud indolente, torpe y mezquina de la sociedad colombiana. Quizá. Aunque aquella candidez, si existió, no limitó para nada, su calidad de hombre talentoso, honrado, amistoso, valiente y risueño. Sin embargo, las sociedades gustan de "homenajear" a aquellos que cayeron por sus burdas e inmorales indolencias con manifestaciones de barata gazmoñería, civismo burdo y degenerado, o simplemente con el insensible olvido.
En fin, talvez no deberíamos ser tan duros con los “corneres y fidedignos elhers”; después de todo los muertos de hambre esos, solamente están ganándose la vida, miserablemente, pero ganándose la vida al final. Además alguien tiene que hacer el trabajo sucio; alguien tiene que sembrar el excremento para que los testaferros finalmente recolecten la cosecha y la vayan llevando a la mesa de sus nefandos y terribles patrones.

