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lunes, 18 de enero de 2010

Yasuní, Avatar, y las cóleras codiciosas de Rafael Correa.

Una mezcla de “Pocahontas” y “El último Samurai”, así defino Yo, en términos generales, a la película “Avatar”, del director estadounidense James Cameron. Naturalmente con ciertos ingredientes propios, como por ejemplo la inclusión de la ciencia ficción, y el clásico triunfo del bien sobre el mal, muy característico de aquellas producciones que principalmente buscan entretener y generar simpatías en los cinéfilos. Triunfo que, a pesar de la derrota de las hordas terroristas de alienígenas invasores, no deja de ser pírrico por el grave daño ecológico ocasionado a la flora y fauna propia de aquel ambiente equilibrado, estable y sustentable, hasta la llegada de la civilización colonizadora y progresista.

Dudo mucho que Cameron sea un sincero amante de la Naturaleza, sin embargo, a pesar del inmenso contenido comercial que contiene la película, típico producto fundado en la cultura de masas, dirigido fundamentalmente a hacer dinero por encima de cualquier cosa, a pesar de eso, digo, Cameron retrata cruda, pero certeramente, la codicia, ambición, sevicia y terrorismo, propios de la civilización humana que ve en la Naturaleza solamente a la proveedora inagotable de recursos que les permita obtener pingües beneficios económicos.

El director tiene la entereza de denunciar el racismo y el colonialismo enfermizo de las estúpidamente llamadas “razas superiores” en contra de individuos que siendo diferentes en la forma son iguales en el fondo a esos y aquellos (seres vivos). La película protesta por la depredación brutal de la que son objeto los seres vivos de ecosistemas únicos, diferentes, originales, que, interrelacionados entre sí, forman un solo ente viviente, cuya existencia general depende de la coexistencia de cada uno de sus miembros.

“Avatar”, denuncia la indolencia criminal de los grupos sociales, económicos, políticos, que construyen su desequilibrada bonanza comercial y su falso bienestar sobre la destrucción y eliminación de flora y fauna irremplazable. Muestra al hombre de éxito pisoteando los cadáveres de los legítimos dueños de aquellos ambientes perfectamente naturales, cosechando los frutos de la hambrienta minería, gracias a la cual, la maquinaria industrial, bélica, comercial, social, podrá seguir operando y desarrollando los objetivos fundamentales de esta humanidad demente. La película muestra una realidad visible para todos, pero que pocos entienden y a otros nada importa: la desnaturalización y deshumanización del Hombre.

Un aspecto interesante e importante que plantea Cameron es la relación espiritual que los nativos de Pandora tienen con su hábitat. Entre los nativos que tienen la suerte de tener conciencia; que desarrollaron la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, existe un compromiso voluntario con la flora y sobre todo la fauna. Un ideal ciertamente. Una relación que solamente existe en la fantasía, pues la realidad, presenta al hombre, generalmente, como un cazador inclemente y sanguinario. Inclusive aquel que originariamente forma parte del ecosistema primitivo y que depende de esa depredación marginal para sobrevivir. Si esta agresión implica un acto de desestabilización en el equilibrio natural, la presencia del hombre concupiscente y su explotación depredadora de los recursos naturales gracias a la mojigata y tramposa mentira del “desarrollo sustentable”, es simplemente un holocausto.

Debo señalar que fue fácil vincular las escenas de la película con las realidades ecuatorianas; aquellas relacionadas con la explotación minera y petrolera en nuestro País. Un grupo de facinerosos, famélicos de codicia, ansiosos por saquear los recursos mineros de un País, indolentes a la nefanda contaminación que la explotación petrolera generará; indolentes a la destrucción brutal y sanguinaria de los bosques nativos y de la fauna antiquísima de aquellas zonas naturales. Terroristas ecológicos, expertos en la manipulación publicitaria; personajes inescrupulosos dispuestos a cometer cualquier tropelía con tal de “triunfar en su lucha contra la naturaleza”.

Todo se vale, en la lucha por conseguir dinero a cualquier precio, todo se vale. Infiltrar quintacolumnistas que manipulen sutilmente las decisiones de las comunidades incautas; comprar las voluntades de individuos extrovertidos y ambiciosos con el objeto de cuestionar, competir y desacreditar a los líderes indígenas para generar divisiones en los miembros de aquellas comunidades; usar las fuerzas represora del propio sistema estatal o recurrir a mercenarios para generar miedo y terror en los habitantes de las zonas ambicionadas; y por el último recurrir al asesinato selectivo o al genocidio si es necesario; ¡todo vale!, con tal que el ambiguo progreso siga su paso siniestro y avasallador.

Siempre consideré que la propuesta de Rafael Correa, acerca de solicitar dinero a los países del llamado “primer mundo”, era una oferta embustera y demagógica. No solamente por la ausencia de calidad moral y por lo mismo de credibilidad del vulgar insultador contumaz, de turno en el poder público; sino, porque la propuesta prueba la ausencia de un compromiso sincero a favor de los ecosistemas vírgenes. Una persona que dice, “Yo amo la naturaleza” y acto seguido vocifera, “en seis meses empezamos la explotación de crudo”, es un tipo falaz y protervo cuya palabra no vale nada. Un energúmeno que califica de "ecologismo infantil" a la posibilidad de conservar una reserva natural pletórica de vida, es un individuo desconfiable, incapaz de entender la relación inseparable que existe entre la conservación de esos ecosistemas y la existencia misma del hombre. Un payaso que se cree el dueño del circo, que cínicamente nombra a los testaferros de los amos de la depredación codiciosa, supuestamente para que defiendan los ambientes naturales e interpongan sus “buenos oficios” ante los tetrarcas del “primer mundo”, no merece sino, el repudio de aquellos ecuatorianos, que teniendo calidad moral, se dan cuenta de esta farsa inmoral.

Volviendo a la película, el final de "Avatar" es el idílico, aquel creado para que los espectadores salgan contentos de las salas de cine; el héroe se reivindica consigo mismo y con su nueva tribu; elimina al malo y sus huestes criminales,………bueno,…….. con algo de ayuda; salva a Pandora; expulsa al virus alienígeno; y finalmente, se queda con la chica. Entre aceptable y tolerable, diría Yo.

Es agradable ver que de vez en cuando ganan los chicos buenos aunque sea en una película. Que importante y reconfortante para los ecuatorianos sería que nuestra Pandora sea protegida. Que importante sería para la salud moral de los ecuatorianos que los chicos buenos triunfen defendiendo la reserva natural Yasuní. Que importante sería que los ecuatorianos emulemos consciente y voluntariamente la metáfora de Pandora y sus héroes nativos.

La Reserva Ecológica Yasuní, y las cóleras codiciosas del "mudo" Correa.

La destrucción del árbol de la Vida, o una metáfora sobre el terrorismo ecológico.