
He de confesar que hasta unos cuantos días atrás desconocía la existencia de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales. Incluso me llamó la atención que habían sido proclamados hace más de treinta años. Increíblemente la prensa, los medios tradicionales, los centros de negocios informativos, y los Estados en general, de manera sospechosa los habían soslayados o simplemente ignorado.
Muy descriptivo de la clase de gobernantes y autoridades públicas, resulta por ejemplo, que este conjunto de apotegmas no se encuentren incluidos detalladamente (como están redactados de manera clara, objetiva y frontal en la declaración) en las diferentes constituciones de los países, y me refiero específicamente a los de Latinoamérica. Muy descriptivo de los sacrificados patriotas y burócratas que engordan gulosamente gracias a su adorada corrupción.
A lo largo de la historia de la humanidad, más de un ser humano honrosamente diferente ha protestado con virtuosa vehemencia en contra del brutal trato que reciben los animales por parte del común y corriente bípedo humanoide. En respuesta ha recibido burlas, menosprecio y hasta violencia de parte de los segmentos estultos de la sociedad y de la burocracia estatal. La humanidad ha cometido verdaderos genocidios en contra de muchas especies, hasta el punto de desaparecer algunas y poner en peligro de extinción a otras, generalmente debido a la depredación sanguinaria excusada en un supuesto derecho a “explotar el recurso”, un mandato divino, o simplemente el ejercicio sádico de la tortura y el placer malsano por el dolor ajeno.
Lamentablemente los esfuerzos de aquellos seres virtuosos por impedir el maltrato y la nefanda masacre no han alcanzado los niveles óptimos que la gente inteligente y decente desearía. Es difícil competir con ciertos dogmas religiosos que justifican la barbarie, o consideran al hombre el centro del Universo, mientras las “bestias del campo” son presentadas como simple alimento o recurso manipulable a favor del Adán hecho a imagen y semejanza del Dios religioso. Así como también es difícil combatir la codicia mercantilista, la explotación irracional, la carencia de ética, y un aspecto polémico pero certero, la necesidad de alimentos, cada vez más en aumento debido a una especie humana que se reproduce maquinal e irresponsablemente. Y que decir de la cretina vanidad de aquellos “ricos y famosos”, gente saturada de prejuicios, emperifollada visualmente, pero vacía e insípida espiritualmente.
Con la justificación del Antropocentrismo, una doctrina humanista absolutista, irónicamente defendida por ateos y religiosos, los animales, domésticos y libres (salvajes), han sido víctimas de las peores infamias y sevicias que un ser vivo con un sistema nervioso desarrollado pueda recibir de parte de otro, supuestamente consciente. De manera torpe, si no malignamente, los hijos de la ambición y los emprendedores de la expoliación genocida, intentan idealizar su sevicia y perversidad con términos y expresiones maquiavélicas como: “Dios te lo dio todo, ovejas y bueyes, así como también las bestias del campo, todo lo puso debajo de tus pies”, u otras más estrambóticas como “la conquista de la Naturaleza”.
El ser humano es un animal, hombres y mujeres somos animales, no podemos huir o escapar de esa realidad, nuestras características físicas son evidencias incuestionables que demuestran aquella innegable verdad. La consciencia que tenemos de la realidad y que supuestamente nos diferencia del resto de animales, no es una prerrogativa que ofrezca patente de corso para “dejar hacer o dejar pasar” como a tal o cual le dé la regalada gana. Todo lo contrario, aquella consciencia, aquella capacidad para pensar y discernir implica una gran responsabilidad, que lamentablemente la gran mayoría de seres humanos no han sabido asumir, quizá debido a que la mayoría renunció a esta opción que significa Evolución, pero fundamentalmente debido a la influencia nociva de ciertos sofismas imperantes y en gran medida a la pervertida condición humana de una masa incapaz de cuestionar sus acciones repletas de sinrazón.
La calidad de seres inherentes a la Naturaleza es una verdad, mientras que el supuesto derecho divino solo está respaldado por convicciones de orden religiosa, apetitos concupiscentes y manifestaciones de odioso sadismo.
La violencia en contra de la Naturaleza solamente es una manifestación más de la conducta autodestructiva de la condición tradicional de los seres humanos. Con el cuento maquiavélico del desarrollo sostenible se destroza bosques vírgenes y especies nativas, solo para que unos cuantos puedan saciar su sed irrefrenable e insaciable de riqueza material. Con la excusa estafadora del mejoramiento de la calidad de vida para los pueblos tercermundistas se destruye lo único con lo que cuentan aquellos pueblos: su hábitat nativo. Perversa y tramposamente se justifica la destrucción con el cuento mentiroso del desarrollo económico y la justicia social. Pero la evidencia histórica demuestra que después de la rapiña de los bienes naturales los pueblos siguen viviendo en la miseria, con la gran diferencia de que los ambientes repletos de vida han dado paso a desiertos y cementerios contaminados.
La calidad de una sociedad se la puede determinar por el cariño y respeto que esta siente por la Naturaleza; es una gran verdad. La protección de los ríos, de los páramos, el respeto en favor de los animales, por los mamíferos y aves, por los peces e inclusive los insectos que cumplen una función fundamental para el mantenimiento de la vida en el planeta, son parámetros, factores, indicadores de la calidad de los pueblos, de su gente y del propio Estado. Es obvio concluir que un Estado y una sociedad que admiten la depredación de los bosques vírgenes, permiten la pesca indiscriminada hasta niveles de extinción, justifican la destrucción de la flora y fauna nativas de zonas únicas que han tardado millones de años en alcanzar equilibrios ecológicos maravillosos, son Estados y sociedades que se han mantenido estancados y por lo mismos sus sistemas e integrantes o la mayoría de éstos, están descompuestos o enfermos.
Qué hacer para frenar tanta estupidez, brutalidad, codicia y malicia. A veces parecería que cualquier esfuerzo es infructuoso frente a la desidia y el menosprecio de la sociedad y sus sistemas. El camino por concienciar a la gente es muy difícil, más todavía considerando que muchos están convencidos que los animales son simples artefactos o juguetes que pueden ser agredidos o manipulados impunemente, y a otros simplemente les importa un bledo. El maquiavelismo humano, los malsanos intereses, la codicia, las doctrinas políticas destructoras (socialismo, conservadurismo), los sofismas impuestos a sangre, tortura y fuego, han construido una estructura social, cultural, económica, educativa, jurídica, etc., basadas en la mentira, la depredación y la violencia. Los dueños del sistema mueven sus cuerdas y la mayoría de individuos de la falsa civilización se limitan a moverse como marionetas siguiendo los ritmos impuestos por sus adulados amos y brutales capataces. Excusas para justificar la barbarie sobran; “no estoy de acuerdo con las corridas de toros”, dicen, pero enseguida sueltan, “pero respeto el derecho de los que disfrutan la tortura a los toros”. Hablan de la “propiedad”, llevando un asunto puramente moral al ámbito del burdo y vulgar comercio. Nos dicen que los animales no tienen alma, simplemente basados en sus creencias religiosas, y basados en esas mismas creencias aducen que los seres humanos si la tenemos, creencias que están sustentadas exclusivamente en la fe que tienen en los dogmas desarrollados por los dueños de la religión, simples individuos comunes y corrientes. Me pregunto, esa condición de alma propia de los seres humanos, ¿le da derecho al hombre mundano a depredar los mares, las selvas, los valles, la sociedad misma?, y en virtud de aquella característica supuestamente monopólica del Hombre, ¿se justifican los repetitivos holocaustos, conquistas y genocidios cometidos por hombres con alma en contra de hombres con alma? Fácil concluir que si el hombre común y corriente es incapaz de respetar a individuos de su propia especie, menos lo hará con seres vivos de otras especies.
Sin embargo, como ya mencioné, y es fácil comprobar, existen seres humanos diferentes, honrosamente diferentes, que conscientes de su derecho a convivir en ambientes de justicia, libertad y bienestar han dedicado sus vidas voluntariamente a la noble tarea de proteger y abogar por la Naturaleza y por todas las criaturas, aquellas que ciertamente sienten, incluidas el propio hombre. Aquello es esperanzador. Personas que entienden perfectamente que el hombre no puede entenderse como un elemento al margen de una realidad natural, sino como una parte integral del Universo, y por ende de la Naturaleza.
Desde La Cueva de Saulo, mi aprecio y respeto para aquellos seres inteligentes que actúan por principios morales y que aman la belleza sublime de la madre Naturaleza.

