Mostrando entradas con la etiqueta inmoral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inmoral. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2010

Atropellamiento a la Justicia.

Creo que los seres humanos jamás debemos perder la capacidad de indignarnos frente a actos a toda vista injustos y brutales. Jamás deberíamos permanecer indolentes frente a cobardes actos de violencia que en complicidad con un sistema estatal plagado de corrupción pretenden imponer la ley del brutalidad y la sinrazón castigando y satanizando a las víctimas de la estúpida, cruel y cobarde violencia, al tiempo que descaradamente ofrecen impunidad a los victimarios simplemente porque son los dueños o los hijos de ese sistema perverso.

Ayer, en horas de la mañana en una avenida de Quito un vehículo perteneciente a un convoy de aquellos que atufadamente suelen cruzar las calles de las ciudades transportando a la gente “importante” del sistema, atropelló a una joven de 26 años de edad, matándola de contado. Uno de los vehículos, el que golpeó a la joven, de acuerdo a versiones de testigos, estaba siendo conducido por la esposa del Fiscal General de la Nación Washington Pesántez, aquel personaje que solía decir que no tiene tiempo para investigar casos de robos de celulares, aquel que suele acompañar al presidente Correa en alguno que otro viaje al exterior. Mientras que, el otro vehículo, le pertenecía a su escolta de seguridad, la que supuestamente por ley, le corresponde a la familia del Fiscal. Ojalá los ciudadanos comunes y corrientes, aquellos que con sus impuestos pagan los sueldos de los fiscales, incluido el de Pesántez, tuvieran también carro del Estado a la puerta y escolta personal. Pero las cosas no son así.

De acuerdo con testigos del hecho, el vehículo que atropelló a la joven de nacionalidad colombiana, había estado circulando a gran velocidad y en una zona exclusiva del trolebús. En tales circunstancias, los testigos señalan que una vez producido el accidente, la conductora, esposa del Fiscal General, habría salido de su vehículo y procedido a cambiar lugares con su escolta. Hay testigos de aquello.

Debería decir que, la posterior movilización policial dirigida a proteger en los “derechos” de la esposa de Pesantez, fue increíble, por lo alevosa y escandalosa, pero la verdad es que, cada vez que los dueños de este sistema asqueroso y ruin, cometen algún delito o crimen, las fuerzas del Estado, inmediatamente acuden en su defensa para proteger su integridad y “derechos”. No, no es increíble, ni tampoco novedad.


Pero, si es indignante conocer que la esposa de Pesántez haya recuperado la libertad, apenas unas horas después de cometido el crimen; porque hay algo que ciertamente no pueden encubrir; no pueden encubrir el atropellamiento, no pueden encubrir el crimen, por más que infamemente digan que la joven atropellada cruzaba la vía del trole conversando por teléfono.


Igualmente indignante es conocer que la Fiscalía, los fiscales, los subordinados de Pesántez, ignorando las declaraciones públicas de testigos que señalaban a la esposa de Pesántez como la conductora responsable de la muerte de la joven, se atrevan a decir con absoluta ligereza y sin mediar investigación seria, que la esposa del Fiscal General de la Nación no iba conduciendo el vehículo. Seguramente para los fiscales, las palabras de la esposa de Pesántez, valen más que las declaraciones de los testigos y pesan más que la verdad misma. Como que se conforma la figura de prevaricato a pesar de que los abogaditos estos, no son jueces, pero, si emitieron un juicio sospechosamente anticipado e imprudente, y hasta malintencionado, por la injusticia que conlleva contra la víctima.

Me pregunto, que dirá el señor Pedro Restrepo, aquel padre que sufrió en carne propia las infamias de un Estado terrorista, cuando le fueron arrebatados sus hijos por el terrorismo de Estado; cuál será su reacción ahora que forma parte de la Comisión Correana de la seudoverdad, ante este nuevo acto de violencia y encubrimiento en contra de una colombiana inocente. El tiempo lo dirá.

Esto está mal, muy mal, este sistema corrupto está cada vez más cínico, más putrefacto y agresivo. El sistema Judicial y la Fiscalía dan asco, por la calaña inmoral de sus integrantes. En esos ambientes oscuros, siniestros, delincuenciales, La Verdad y La Justicia, sencillamente no existen. En esos tugurios nauseabundos, lugares donde confluyen los apetitos más sórdidos, más denigrantes de la raza humana, las víctimas terminan siendo castigadas, perseguidas o satanizadas; mientras que los verdaderos criminales son protegidos y “reivindicados”. La sentencia inmoral de un juez abyecto le devuelve la “honra” a tanto canalla y miserable que tiene la infausta suerte de contar con padrinos poderoso y peligrosos.


Esto es definitivamente una mierda. Vivimos en un País donde la vida de las personas prácticamente vale poco o nada. Vivimos en un País donde no se respeta nada. Un lugar en donde los patriotas y los dueños del sistema se mueven dentro de la máxima mercantil: “todo se compra y todo se vende”. Un lugar donde cierta gente está dispuesta a arriesgar su inmundo pellejo a favor de acciones perversas, inmorales, ruines; hasta el punto de atribuirse el delito o crimen de otro miserable; pero cuando el teléfono llama al verdadero heroísmo nadie se atreve a contestar, salvo algún idealista incauto o un inocente hombre honesto. ¡Qué cosas no! Dónde estarán esos beatos malditos que se etiquetan de humanistas y que suelen llenarse el hocico criticando a los “pesimistas” y "aguafiestas". Talvez no pueden decir nada porque tienen el hocico lleno de tanto tragar, gracias a este sistema de mierda.

Esposa de Fiscal General Washington Pesántez acusada de atropellar y matar a una joven mujer, recupera libertad a las pocas horas.

miércoles, 29 de julio de 2009

El feminismo insolente y sus manifestaciones inmorales.



Como es visible para algunos, vivimos en una sociedad hipócrita saturada de tabúes mojigatos y prejuicios santurrones. Por un lado se alaba la moral y la virtud de dientes para afuera, pero, en la práctica las conductas normales merodean entre lo cínico lo inmoral; basta ver como los hijos bastardos de la sociedad cada vez que pueden sacar provecho deshonesto de una determinada circunstancia, no lo piensan dos veces y se lanzan de cabeza, sin que les importe violar toda norma moral o legal.

Aquella misma hipocresía se aplica a determinadas manifestaciones de disque cultura, respeto y solidaridad que la sociedad tiende a promocionar a través de sus canales de comunicación tradicionales.

En este inmenso lupanar llamado mundo social, los hombres no somos los malos de la película, por lo menos no somos los únicos “malos”. Así como existen zoquetes en cantidades industriales, así también existen ciertas mujeres que no son precisamente un ente carnal donde confluyen exclusivamente leche y miel.

Pues sí, vivimos en una sociedad mojigata plagada de pomposas y pomposos hipócritas que nos dicen por ejemplo que: “a las mujeres, ni con el pétalo de una rosa”. Sin embargo, muchos de aquellos canallas no bien llegan a la casa, borrachos o no, usan, no el pétalo, sino, sus puños o algún objeto contundente para mostrar lo “valientes y machos” que son.

Lo increíble o no tanto si conoces algo de la condición humana, es que mucha de la violencia en contra de las mujeres proviene irónicamente de las propias mujeres. Ahí tenemos por ejemplo a aquellas damas de sociedad que religiosamente suelen aparecer en las páginas sociales de cualquier revista de la “gente linda”, y que nos hablan puritanamente de lo malo que resulta el adulterio, y que sin embargo, no dudan en coronar a sus cornudos maridos, cortándoles, oreja y rabo, en compañía del lechero o el cantinero; mujercitas de moral trastocada que incapaces de freír un huevo o coser un botón, descargan su furia con las cocineras y sirvientas cuya capacidad relativamente efectiva en las labores del hogar, presentan a las “damas de sociedad” como las fofas inútiles y superficiales que ellas, en su fuero íntimo, saben que son. Abruptas feministas de abolengo que menosprecian a sus iguales en género, solo porque, las unas, tuvieron la desgracia de nacer en cuna humilde, o las otras, tuvieron la fortuna de nacer con un color de piel diferente del considerado “ideal” o “estilizado”.

Sería injusto si no reconociera la existencia de hombres decentes, sensatos y respetables. Por lo mismo, justo y sincero valorar la existencia de mujeres, que sin ser perfectas, son respetables, recatadas, dignas, honradas, cariñosas y simplemente adorables. Sin embargo, así como hay energúmenos zoquetes así también hay ciertas señoras que de respetables no tienen ni lo básicamente respetable.

Últimamente he estado escuchado en determinados segmentos de opinión pública ciertas sentencias santurronas vinculadas con aquellas señoras de reputación social ampulosa, pero al mismo tiempo de moral dudosa. No las voy a calificar de algo peor que rameras, como tácitamente lo hizo alguna vez el “Niño de la Copea”, ya saben “CarloUlio” Arosemena; seguramente los guayaquileños deben conocer mejor la anécdota del veterano chupador y la doncella de amores pagados, con todos aquellos detalles tan propios del ex presidente.

Cierto que el desdén es una respuesta sensata a las verborreas mojigatas, pero, inclusive la indiferencia tiene sus límites, cuando de escuchar las vocinglerías vacías y groseras de estas distinguidísimas “damas”, tan desagradables, como las monsergas del mudo de Carondelet en sus incansables y desvergonzados monólogos.

Estoy harto de escuchar a aquellas mujeres insensatas y bravuconas, sí bravuconas, porque ciertas mujeres también pueden ser bravuconas; quejarse que los hombres somos los culpables de todas las desgracias de este mundo social mugriento. Estoy cansado de oír, a las disque intelectuales feministas clamar por sus derechos a incursionar en las perversidades y vicios de sus compañeros de juergas. Estoy fastidiado de observar a tanta cuanta vieja gorda, corrupta e insolente, clamar a los cuatro vientos que, “a las mujeres ni con el pétalo de una rosa”, solamente para aprovecharse de aquel hipócrita y sensiblero cliché, irónicamente para generar violencia en contra de los “terriblemente machistas” hombres.

En más de una ocasión he visto a ciertas jacas encopetadas, ésas, que tienen complejo de “reina María Antonieta del tercer mundo”, aprovecharse de aquellos tabúes, clichés feministas y de su condición natural femenina, para injuriar a más de un hombre. Generalmente el pobre diablo a quien van dirigidos los vulgares denuestos debe guardar silencio y tolerar con estoicismo o sumisión las injurias de semejantes furias; pero, cuando no sucede así, y el hombre se atreve a responder en justos términos a la agresiva señorona, entonces enseguida la grotesca ex damisela clama auxilio a favor de su “afrentado honor”; ¡honor, si cómo no!, como si alguna vez lo hubiese tenido o conociera siquiera el sentido moral de aquel valor. Enseguida los caballeros de oropel aparecen al rescate de la matrona y muy generosamente abundan en sortilegios canallescos y burdas infamias en contra de ese “pedestre inculto” que se atrevió a responder a tan distinguidísima y reputada dama; independientemente de que aquel infeliz solo se haya limitado a decir la verdad, aunque “olvidando” que en esta pútrida sociedad: “a las mujeres ni con el pétalo de una rosa”. Aunque la agresiva y contumaz seguidora del hembrismo, bien merecida se tenga la puteada.

Aquellas feministas agresivas y valentonas que disfrutan maquillándose y pintándose sus cueros tercermundistas como payasas, imaginando que así se ven más “sexys” y que disfrutan muchísimo competir, y con mucho éxito, con sus compañeros en el noble arte de empinar el codo; parece habérseles olvidado que, todos aquellos machistas y perversos ogros que les han negado sus “derechos”, todos esos politiqueros pillos que son los causantes de la desgracia de este mundo, multitud de energúmenos unos peores que otros, tienen abuelas, madres y esposas. ¡La corresponsabilidad es notoria, distinguidas damas de suciedad!

Pocas cosas deben ser tan reprensibles como la agresión física y el maltrato psicológico cometidos por un canalla y cobarde desquiciado en contra de su mujer o sus hijos. Cualquier manifestación de violencia debe ser repudiable, pero más aún aquel brutal maltrato que presenta a un individuo notoriamente más fornido o superior físicamente en contra de alguien mucho más débil. Sin duda, un infame acto de vileza de los peores.

Como ya mencioné la violencia familiar es sin duda algo terrible, pero no siempre las mujeres son la víctimas. Igualmente repudiable es la violencia física y psicológica que sufren algunos hombres de parte de sus “amadas” esposas. Pero, en esos casos, ¿quién saca la cara por esos pobres diablos? ¡Nadie! Ni siquiera ellos, porque: “a las mujeres ni con el pétalo de una rosa”.

La violencia del hembrismo no es exclusiva de la vida matrimonial o en pareja. Algunas distinguidas mujeres abusivas, maliciosas y violentas aprovechándose de los tabúes que mencioné, no tienen ningún problema en abalanzarse agresivamente en contra de cuanto hombre tiene la desgracia de cruzarse por su camino; o fácilmente, en su infinito egoísmo y vanidad, renuncian a responsabilidades que por su importancia son simplemente irrenunciables.

Hay cosas que uno difícilmente olvida, expresiones que golpean la sensibilidad, comentarios infamantes que habiendo quedado impunes del justo castigo, divagan en nuestras mentes cada vez que escuchamos o somos testigos de la grosera y malintencionada conducta de ciertas hijos predilectos de la sociedad puritana.

Hace más de diez años miraba por tv un canal gringo latino; no recuerdo la cadena, talvez Telemundo o Univisión. En ese momento se estaba presentado un reportaje acerca del maltrato infantil en los hogares y más específicamente el realizado por las mucamas, sirvientas, nodrizas, etc. El mencionado reportaje relataba el caso de una madre que sospechando que su hijo de alrededor de un año era víctima de agresiones por parte de la niñera, decidió colocar cámaras en lugares estratégicos de la casa a fin de comprobar el trato que el niño recibía cada vez que quedaba solo con la sirvienta.

En efecto, las peores sospechas de la madre se vieron confirmadas a través de una filmación que mostraba a una mujerzuela cobarde y perversa agrediendo salvajemente al indefenso niño.

Ya de vuelta en el plató de locución y entrevistas, una de las locutoras se lanzó una perla verbal, de esas que solo se escucha de gente, como diría Alberto “el negro” Olmedo: ¡sucia y corriente! Aparentando indignación, la fingida señora dijo lo siguiente: “Y ahora en quién confiaremos para que nos den cuidando a nuestros hijos”.

Aquella expresión se quedó retumbando en las paredes de mi habitación: “Y ahora en quién confiaremos para que nos den cuidando a nuestros hijos.” La vieja infeliz, cínica e ignorantona, se quejaba que en su sociedad de oropel y esnobismo, no se podía confiar en nadie que cumpliese a cabalidad la obligación irrenunciable que ella tenía para con sus hijo. La grosera suripanta renunciaba descaradamente al compromiso que ella había asumido al momento de parir a su hijo. La tosca locutora que seguramente laboraba horas extras como odalisca de algún ejecutivo para intentar trepar en la escala de poder de aquel canal, renunciaba a su función materna de velar por la seguridad, salud y sana formación de su hijo; y escandalosamente se quejaba que no tenía a quien delegar su responsabilidad como madre; probablemente “argumentaba” que su faceta como “profesionista” no le ofrecía suficiente tiempo para asumir una tarea tan “banal” como la de madre. Por lo visto su realización personal y profesional, eran prioridad frente a cualquier otra responsabilidad perfectamente delegable o no trascendental. Posiblemente se autojustificaba diciendo que todo aquel “gran sacrificio” lo hacía única y exclusivamente por su hijo, aunque en el fondo reconocía, talvez, que cambiar los pañales y preparar el aguado de gallina para el zoquete que sabemos, no estaban en sus planes.

Pensar que con ese tipo de “mujeres realizadas” uno se encuentra casi que todos los días. Y pensar que en gran parte si tenemos esta grandísima sociedad de porquería, es debido a la gran tarea que estas damas feministas realizan. Por fortuna, siempre existen las honorables excepciones; gloriosas y virtuosas excepciones.



lunes, 1 de septiembre de 2008

Opinión Pública Tercermundista e Inmoral.







Ciertamente todos estamos sujetos a la subjetividad de nuestras emociones, sentimientos, simpatías, aversiones y demás particularidades humanas que de alguna manera pueden nublar nuestra capacidad para emitir juicios de valor: equilibrados y veraces.

Inclusive en ocasiones las informaciones que recibimos, cuando son presentadas de manera tendenciosa, maliciosa o parcialmente manipuladas, pueden inducirnos al error respecto de una verdad o mentira a medias.

Pero, cuando las evidencias son contundentes, las verdades inobjetables y las certezas notorias, entonces, sería lógico entender que toda la ciudadanía y sus diferentes instituciones deberían pronunciarse dentro de la misma tendencia razonable, sensata y prudente. Deberían.

Sin embargo, eso en el Ecuador, País de enormes contrastes, no sucede. Sencillamente porque a la mayoría de los ecuatorianos le importa un comino lo que le ocurra a sus semejantes. Aunque debo reconocer que tal realidad parece ser una constante en todo el mundo, naturalmente con variados niveles de intensidad, dependiendo de la idiosincrasia de los diferentes pueblos.

Solamente cuando sus intereses son tocados, entonces sí claman, por la solidaridad social. Entonces sí, reconocen que vivimos bajo la tiranía de la estupidez y brutalidad de unos pocos. Si es que, tienen la sensatez e inteligencia de reconocerlo, pues en muchos casos, simplemente, se limitan a lanzar, ignorantemente, alaridos dirigidos a generar lástima en la sociedad.

Naturalmente las respuestas y los efectos que generan las acciones de unos pocos privilegiados, autocalificados de élites, independientemente de su razón o no, difieren de las realizadas por los muchos, considerados pueblo llano.

Como es lógico, frente a estos fenómenos sociales, se manifiesta la opinión pública, la oficial, la tradicional, la de clubes y bacanales, la de brindis y honores hipócritas, interpretando los sucesos en su muy particular manera, o mejor, interpretando nuestro sentir o indicándonos que debemos sentir.

Un ejemplo de esta manera bastarda e inmoral de tratar los asuntos públicos en casi todas las manifestaciones de comunicación pública existentes, la tenemos, en el tristemente célebre Caso Dayuma prácticamente olvidado.

Recordarán damas y caballeros, este lamentable y funesto “accidente” en el que un grupo de panaderos, campesinos y agricultores que “insolentemente” exigían mejores condiciones de vida, tropezaron con un grupo de GI. JOE criollos que habiendo recibido la orden de sofocar la temible subversión de los peligrosos trabajadores, no escatimaron en usar la fuerza y literalmente masacraron y vejaron a esa pobre gente. Posteriormente, los enjaularon en una sucia cárcel, de la que solo salieron después de demostrarse su inocencia. “Accidente” éste, desarrollado en el Gobierno del amadísimo Líder, estimado Camarada y distinguido Presidente Don Rafael Correa, Héroe de Dayuma.

En esa ocasión, si bien es cierto, algunos actores políticos protestaron al igual que varios ciudadanos, y ciertos medios noticiosos presentaron la verdad cruenta y grosera de un grupo de civiles desarmados siendo brutalmente agredidos; no menos cierto es que en términos generales, pocos fueron los agentes sociales que criticaron con la vehemencia del caso aquel acto de terrorismo de Estado. Inclusive muchos de los enredadores y serviles defensores del actual gobierno, disfrazados de analistas políticos, llegaron a justificar la infame paliza que recibieron aquellos ecuatorianos, a los que, en un acto adicional de infamia, el Héroe de Dayuma llegó a calificar de terroristas.






A pesar de que fue notoria la brutal agresión y demás peculiaridades redundantes de injusticia, la mayoría de la sociedad ecuatoriana permaneció indolente a la violación de los derechos humanos de aquellos ecuatorianos. No hubo acciones por parte de la Defensoría del Pueblo a favor de las víctimas. Ningún fiscal actuó de oficio en contra de los Ministros que ordenaron la salvaje agresión, a pesar de que ciertamente hubo un delito en contra de los derechos civiles de aquellas personas. Tampoco aparecieron los auto-etiquetados defensores de los derechos humanos, encarnizados enemigos de la violencia conservadora, pero alcahuetes y encubridores de los crímenes de la trastornada tendencia socialista y comunista.

Manipulan tramposa y vilmente la información siempre a favor de los intereses de sus amados titiriteros. Recurren al cinismo perverso y a la descalificación maliciosa para desvirtuar las opiniones sensatas y los argumentos veraces de las pocas personas valientes e inteligentes que se atreven a enfrentar las estupideces y brutalidades que se cometen a diario en todos los ámbitos de la sociedad y la naturaleza. Mienten, engañan, roban, trastornan, incurren en cualquier vicio por ofensivo y grosero que fuera, todo con tal de seguir atragantándose de las migajas que sus temiblemente adorables patrones les arrojan para seguir disfrutando de sus fornicarios adulos y sórdidos incondicionalismos.

Así es la opinión pública ecuatoriana, en términos generales: vacía, inmoral, carente de decencia, de honestidad y objetividad. Montones y montones de patriotas superfluos, ora lisonjeros y embusteros polutos, ora furibundos alcahuetes y viles calumniadores, dependiendo de la posición que se les ordene asumir. Siempre suciamente expeditos para defender los intereses rastreros de aquellos que fielmente desempeñan las tareas ignominiosas, propias de los más repugnantes y autoritarios tiranos.