A medida que me acercaba a la facultad en que cursaba mis estudios universitarios, el tamaño de la multitud aglomerada ante su frontis se mostraba cada vez más voluminosa. Este suceso se dio hace algunos años cuando estudiaba mi último período en la Universidad.
Cuando por fin me encontré con un segmento de la patota con la que me vinculaba, pude enterarme de los motivos por los cuales se habían suspendido las clases. En medio de aquel ambiente de duda y sorpresa, sensaciones, a las que pronto se añadirían las de incredulidad y cierta indignación en muchos de quienes allí se encontraban, un amigo empezó a relatarme las peripecias que motivaron ese estado de relativo shock en el que se encontraba la población universitaria.
Resulta que un par de individuos habían ingresado imprevistamente a una de las aulas de la facultad, mientras el profesor en ese momento daba su cátedra a los alumnos. Entonces, con inusitada violencia, el par de malandrines agarran al inerme sujeto, lo sacan al pasillo y empiezan a darle de golpes brutalmente con un objeto macizo.
Mientras ese acto criminal se daba desarrollo, muchos estudiantes luego de reponerse parcialmente de la secuencia de hechos violentos, deciden intervenir en favor del profesor. Sin embargo su acción se queda en el intento debido a que uno de los criminales saca un arma de fuego y los encañona insultándolos y amenazándolos con dispararles. Obviamente, tal hecho frenó las ansias por impedir la salvaje agresión.
Los criminales, luego de masacrar al desafortunado sujeto, dejándolo bañado en su propia sangre y completamente inconsciente al borde de la muerte, se retiran tranquilamente sin que exista una sola opción de detenerlos para que paguen por su crimen.
Desconozco que sucedió finalmente con la persona agredida. Pero de lo que sí nos llegamos a enterar, fue de las razones políticas, que motivaron tal acto de terrorismo sangriento.
La víctima, había sido militante del MPD. Luchas intestinas entre él y el politburó emepedista, habían decidido el fatal destino de este renegado picapedrero.
Muchos todavía deben recordar la salvaje agresión de la que fue objeto León Roldós. Como en manada los “valientes” comunistas le propinaron una golpiza que pudo haber terminado en un desenlace funesto para Roldós. Uno de los criminales en la impunidad que le brindaba la falsa autonomía, después del vil y cobarde suceso, se justificaba diciendo que: “consideraban un acto de provocación la presencia de Roldós en la Universidad Central”.
Actos de brutalidad cobarde y terrorista son comunes en este tipo de sujetos. Claro siempre y cuando estén en gavilla numerosa y sus delitos puedan quedar en la impunidad.
Fácil es concluir que Correa comparte esa forma de hacer “política”. La manera del garrote, del tubo metálico, de la cartuchera, de la protección cobarde detrás de una autonomía que garantiza exclusivamente delito y crimen. Por eso tiene a las huestes del MPD y el PCMLE, entre sus principales aliados. Éste, es el gobierno de Correa y el MPD, no cabe duda.
Alguien tal vez podría decir que Correa es el MPD y tendría razón. Solamente a un tipo con similares vicios, muy comunes en ese nefasto grupo de desalmados, se le podría ocurrir incitar a una manada contra un grupo, que supuestamente está en número notablemente menor.
Un Presidente de la República mandando a sus incondicionales a agredir a otros, simplemente porque no están de acuerdo con sus ideas. Solo en Ecuador, Haití y en los países del continente africano.
400 héroes de la revolución bolivariana contra 50 majaderos. 8 a 1. ¡Cuánta valentía socialista, cuánta hidalguía comunista!
¿Qué diría Bolívar si viera los frutos desabridos que sus siembras impolutas finalmente produjeron? Quizá se sentiría orgulloso, sí, soberbiamente satisfecho de aquellos indios truchimanes, cobardes y traidores, tan distinguidamente seguidores de sus mitificadas y rimbombantes hazañas.